EN TORNO A LA ETIMOLOGIA
La significación literal del conservatismo la encontramos en su etimología. La palabra viene del latín, del radical conservare, formado de la preposición cum, con, y del verbo servaro, guardar. El sufijo “ismo” es indicativo de sistematización o unidad orgánica y organizadora de una síntesis que puede ser real o meramente ideal.
El Conservatismo como Omnivisión
Ahora bien, el significado etimológico es pobre y rico a la vez. Por una parte, nos dice que el conservatismo es una actividad destinada a guardar sistemáticamente. Pero como no nos revela al mismo tiempo que es lo que ha de guardarse, la incertidumbre sobre el objeto de esa actividad corre el riesgo de problematizar el fondo mismo del concepto. La determinación del objeto requerirá por fuerza un juicio de valor y esa circunstancia situará a quien quiera definirlo en un terreno polémico, o al menos le sembrará de dificultades el camino de la investigación.
Uno de los neoconservadores europeos más importantes, Erik Ritter von Kühnelt-Leddihn, observa con razón que por el significado etimológico no podemos llegar muy lejos, porque en este caso tendríamos que llamar conservador al adepto de Lenín en la Rusia de Stalín, o un partidario de la república liberal de Weimar bajo el Tercer Reich.
Pero hemos de disentir de von Kühnel-Ledihn, si como resulta de un segundo análisis, podemos comprobar que, efectivamente, la etimología nos dice mucho. Tanto, que quizás resulte demasiado y este exceso puede llegar a convertirse también en fuente de otros equívocos. Por defecto en un caso y por exceso en otro, la puerta queda abierta a errores si no tomamos las debidas precauciones.
En efecto, visto el concepto desde otro punto de vista ofrece tantas posibilidades, que parece embarazado por el peso de su propia riqueza. La partícula “ismo” es en cierto modo la responsable, porque bajo este segundo aspecto es sobre ella que recae la mayor acentuación. En virtud de este sufijo el conservatismo cobra una especial tendencia a transformarse en concepción total del mundo y de la vida, o al menos a presuponer una tal omnivisión.
El movimiento de trascendencia a un plano significativo superior, invalidará por consiguiente todo intento de encerrar el conservatismo dentro del marco exclusivo de la política para presentarlo como uno más de sus sistemas, o para reducirlo a mera técnica de gobierno. Pero esta trascendencia se revela, además, como limitación metodológica: la politicidad del concepto –politicidad indiscutible, sin lugar a dudas- no podrá considerarse, sin embargo, de primer intento, sino una vez que el conservatismo se haya caracterizado como visión omnicomprensiva, o que se haya ubicado previamente dentro del ámbito de la concepción total del mundo y la vida que le corresponde y de la cual él sería en el orden político una de sus exigencias.
Pero hay más todavía. Conservar es actividad humana, individual o social, no importa. Además, actividad sistemática, que, como tal, no sólo se presenta como puro resultado de una omnivisión , sino también de una tendencia psicológica, de una disposición anímica. Así es como nos vemos remitidos a la existencia de una energía espiritual, pero más que todo psicológica y casi animal, que para caracterizarla con un término reacuñado por José Luís Aranguren, denominaremos talante conservador. El conservatismo entonces, aparecerá con más nitidez en el punto de convergencia de las fuerzas racionales que viene a la omnivisión y de las fuerzas instintivas y temperamentales que el talante conlleva en su seno. A su turno, la intercesión del talante con la omnivisión, permite que se hable del conservatismo como de un sistema de gobierno y de un orden social característico. Así, de las premisas de hecho suministradas por el talante y de las doctrinarias que vienen d la omnivisión se desemboca en la política como tal. El conservatismo aparecerá, entonces, politizado, esto es, inscrito en la esfera del bien común.
Esta trascendencia muestra, pues, que aún mirando el conservatismo por un aspecto puramente político, el enfoque así hecho no puede desentenderse del todo de la omnivisión y que a ésta tiene él que referirse si no quiere esfumarse y perder el piso.
El entender al conservatismo como omnivisión y postura total por una parte y, por otra, como doctrina política y actitud concreta frente al problema del bien común, nos salva de incurrir en un error grosero y casi infantil, al que en apariencia podría conducirnos la estructura formal de su sentido etimológico. Nos referimos a la actividad que consiste en guardar comestibles ciertos alimentos o en custodiar los bienes de un museo. Si la asimilación no fuera absurda, el mejor conservador podría ser el guarda de un museo, o el gerente de una fábrica de comestibles enlatados.
La observación puede presentarse a cierta hilaridad, que no está demás. No sólo si se tiene de presente que no han faltado casos en la historia política (como nos lo demuestran las polémicas que don Mariano Ospina Rodríguez, hubo de librar en el siglo pasado a este respecto) en que se haya querido ridiculizar a los conservadores llamándolos “conserveros”. También porque la etimología puede inducir a algunas personas a establecer una analogía vulgar entre la guarda de alimentos y la guarda de valores y bienes espirituales, con el peligro de que la conservación de estos últimos se rebaje al nivel de una actividad necrofílica y cosificadora. La analogía puede hacerse, pero siempre y cuando se evite el monismo metodológico que consistiría en colocar en el mismo plano naturalista la conservación conservadora y la conservación del conservero. Se impone, pues, una análisis que disipe las ambigüedades del concepto de “conservación”.
Sentido de Conservar.
Conservar una cosa no es tan sólo preservarla intacta, mantenerla tal cual se ha recibido. Es ciertamente preservarla en su integridad e impedir, por tanto, que se adultere, se desnaturalice, se destruya y aun que se desgaste. Pero es, además, enriquecer esa cosa, perfeccionarla en un ser, magnificarla, aumentarla. Hacer que ella sea cada vez, más noble, más buena, más digna.
O si prefiere, es también corregir sus defectos, limar sus asperezas, reducir sus limitaciones. Adaptarla de continuo a las condiciones cambiantes de la vida y la historia, para que no se torne anacrónica u caduca, para que haga frente con éxito a las novedades del mundo y tenga así vigencia efectiva sin consideración de tiempos, lugares o situaciones históricas.
Conservar, pues, no es sinónimo de estancamiento, inmovilidad estereotipia o rutina. Tampoco es una tarea monótona, que quite la imaginación y reduzca al quietismo y la inercia. Conservar no es optar por la “línea de menor resistencia”, encerrase cómodamente en una torre de marfil, aislarse de la realidad y la vida, guardar pasividad ante los acontecimientos, o a lo sumo asumir frente a ellos una actitud meramente defensiva.
Para conservar se necesita actividad, esfuerzo cotidiano, lucha constante y denodada. Se requiere la tensión dramática de todas las energías de la carne y el espíritu. La elevación en crescendo de un voltaje moral que impulse las almas a aceptar lo que en el lenguaje de Toynbee podríamos llamar el “reto del mundo”. Que las guíe auténticamente frente a él, frente a las consecuencias implicadas, permítasenos emplear la fórmula heideggeriana, por ese mismo estar-en-el-mundo.
Sin esa actitud de conciencia, que lleve a asumir en su plenitud todas las responsabilidades del propio destino y del destino del mundo, la conservación no tendría sentido. A lo sumo sería un expediente para disfrazar la impotencia y encubrir la inautenticidad que voluntariamente se ha consentido. Conservar pasaría así a inscribirse en la lista de los oficios opacos y sin brillo. Peor aún, se degradaría. Perdería su carácter misional. Y hasta podría traicionar sus dimensiones mesiánicas, porque hemos insinuado ya que en ello, en el conservar, no sólo está en juego el propio destino, sino también el de nuestros semejantes, el destino del mundo.
Grave tarea es, pues, esa de conservar. Grave y también noble y también fundamental. Sin ella, existir sería partir continuamente de cero. Hacer de la política de tierra arrasada la ley de la vida. Estar condenados a no poder dar un paso sin que el piso desapareciera al instante siguiente debajo de los pies.
Y que no se diga que conservar es un vano empeño por retener lo que ya ha pasado y ahora no es. Una empresa loca que tiende a fosilizar la vida y el pensamiento con la ilusión de haber detenido el tiempo. El tiempo sí puede vencerse, al menos de cierta manera: Convirtiendo el pasado en tradición. Haciendo de este pasado una de las premisas del porvenir.
Observa el filósofo argentino Alberto Rougues, que si faltara el enlace orgánico entre el pasado que perdura y el futuro que se anticipa, el presente no existiría o perdería para nosotros su dimensión humana. Porque como dice Ortega y Gasset, “… el tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, no es nunca un primer hombre; comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado” . Ideas éstas que ya antes Vásquez de Mella había sintetizado con su fórmula de que “…todo hombre, aún sin advertirlo ni quererlo, es tradicionalista, porque empieza por ser ya una tradición acumulada” . Así, pues, sin la fuerza humanizadora de la tradición, el tiempo de los hombres sería como el de las bestias, o como el de las simples cosas: sucesión de momentos inconexos. La perfectibilidad y el progreso se harían imposibles y ahí sí que la existencia aparecería, como quieren los existencialistas, en angustiosa orfandad y radical desamparo.
Si no hay tradición, habría traición. Una felonía anticipada en perjuicio del futuro. Por eso la conservación aparece como una misión y como un servicio. Como un deber para con las generaciones futuras y como un derecho nuestro a la comunidad del pasado. He aquí la razón, por la cual es necesario conservar e institucionalizar el pasado, prolongarlo, convertirlo en tradición, tradicionarlo, como diríamos para valernos de un sonoro neologismo.
Pero para que tradicionar sea una conservación sellada por la autenticidad, es necesario mantener vivo aquello que se guarda. Perfeccionarlo y adaptarlo a las situaciones cambiantes de épocas y lugares de modo que siempre tenga una vigencia efectiva.
Sabemos entonces que conservar conservadoramente es tradicionar. Y que tradicionar no es momificar las cosas o guardarlas como un fetiche para satisfacer, como diría von Kühnelt-Leddihn, una estúpida “necrofilia”.
Ahora bien, conservar es guardar. Pero no de cualquier modo. Y tampoco guardar cualquiera cosa. ¿Qué es lo que debe guardarse? El pasado. Mas no todo el pasado sino el pasado vivo. Y ¿qué ha de entender propasado vivo? El que se presenta ante la recta conciencia no sólo como respetable y digno, sino el que al mismo tiempo se formula a ella como una norma, como un imperativo. El que se presenta como premisa moral del futuro, es decir, el que adquiera valor de medio lícito en un encadenamiento teleológico.
Circunscrito es en esta forma el objeto sobre el cual recae la actividad destinada a guardar de modo sistemático, se habrá superado la pobreza que, en el sentido en que indicamos al principio, presenta la etimología. Con ello se habrá disminuído igualmente la tensión de su campo polémico. Pero no se crea que todas las dificultades han quedado borradas del camino. Por el contrario, ellas suministran la problemática que será objeto de nuestro estudio en la parte que viene a continuación.
ESENCIA DEL CONSERVATISMO
Complejidad del Concepto
Cuando se pregunta: ¿qué es el conservatismo?, es evidente que la respuesta ha de referirse a las esencias y principios que lo constituyen. Pero la claridad y precisión exigen que distingamos previamente algunos puntos de vista. Para evitar la equivocidad que podría comportar una sola respuesta.
En efecto, la palabra conservatismo ofrece dentro de cierta unidad conceptual múltiples sentidos y cada uno de éstos, a su turno, distintas significaciones. El valor diverso que puede tomar el término no sólo proviene de la posición polémica que generalmente se adopta para definirlo, como ya recordamos atrás, sino también de los mismos puntos de vista objetivos y extemporáneos desde los cuales se intenta aprehenderlo.
Estas dificultades nos indican que estamos en presencia de una palabra polivalente, o al menos muy compleja. Pertenece a una categoría de conceptos de tal riqueza de significaciones, que con frecuencia, para perplejidad y confusión nuestra, desborda el marco estrecho en que hemos pretendido encerrarla, mostrándonos de paso la vanidad de una definición simplificadora o demasiado ligera. De ahí nuestras precauciones para penetrar sólo de modo gradual y metódico en el problema de la significación del conservatismo.
a) Conservatismo en sentido amplísimo
Tomada en su acepción más vasta, la palabra conservatismo, significa: principio sistemático de conservación guarda o mantenimiento de algo. Este sentido amplísimo es el que viene suministrado por la semántica del vocablo y ya fué estudiado cuando tratamos de la significación literal del término. Baste agregar aquí que la vaguedad en que queda a pesar de todo el concepto si nos atuviéramos a esa definición, comprometería la claridad y el rigor científico de nuestro estudio.
Una definición así de extensa se prestaría a muchos equívocos e incluso a extravagancias y puerilidades, tales como la de comprender en ella las actividades de una fábrica de conservas, o las un museo donde se coleccionen cuadros, estatuas, fósiles o cosas semejantes. La amplitud que la palabra gana en esta acepción tan abstracta, ha de pagarse por desgracia al precio de una gran pobreza comprensiva. Esto se observa de inmediato, por la razón de que ella no nos dice qué es lo que ha de conservarse, ni quién ha de conservar, ni la manera de hacerlo, ni, finalmente, por qué y para qué debe conservarse.
b) Conservatismo en sentido lato
En un sentido menos amplio, pero más comprensivo, el conservatismo se refiere a la custodia sistemática de ciertos bienes que una comunidad humana considera como valiosos y necesarios para su existencia y perfeccionamiento. En esta definición cabe destacar, por de pronto, tres elementos principales:
1º. Una actividad, que consiste en mantener o custodiar de acuerdo con cierto método u orden. Es decir, una actividad de “conservación sistemática”, la cual está incluída en el significado literal y la propia etimología del termino. Los “modos” de que es susceptible tal actividad, serán indicados en debida oportunidad.
2º. El objeto o materia de esa actividad a que acabamos de hacer mención y que responde a la pregunta: ¿Qué se conserva? Tal objeto viene dado por los bienes que integran el patrimonio social de una comunidad a los cuales ésta estima como valiosos, necesarios y dignos de mantenerse intactos. El patrimonio puede estar constituído por bienes de diversas especies: espirituales, morales, culturales y aún físicos y materiales. Se trata, por tanto, de un conjunto de ideas, creencias y normas, de un conjunto de instituciones, hábitos, costumbres, usos, símbolos y formas de vida, y de un conjunto de propiedades y disponibilidades materiales.
3º. El tercer elemento consiste en el fin a que esa actividad de conservación se encamina. Responde a la pregunta: ¿para que se conserva? La respuesta al interrogante destaca la importancia que el patrimonio tiene para la comunidad, como presupuesto de existencia y condición de bienestar y mejoramiento. Este elemento pues, apunta implícitamente a la idea de bien común y con ello muestra una conexión íntima con el concepto que se posea sobre la persona humana y la finalidad de la vida social.
En este segundo sentido, se observan ya algunas ventajas en la definición de conservatismo. Ante todo, de ella quedan eliminadas de plano- las dos hipótesis que habíamos señalado antes como ridículas o extravagantes: El coleccionismo y la conservería no entran ahora en el ámbito conservador. Por el contrario, caerían dentro de su jurisdicción casi todos los sistemas y concepciones del mundo y de la vida que existen o han existido en la humanidad, por más difímiles y contradictorios que sean entre sí.
Así por ejemplo, un régimen comunista que mantuviera celosamente el orden por él establecido, por considerarlo valioso” indispensable para la comunidad que gobierna y necesario para el desarrollo de ella, tendría la virtualidad de clasificarse como “conservador”. Y todavía peor: el “mejor conservador” sería, por ejemplo, un individuo, que frente a la política adversa a Stalín que actualmente adelanta el gobierno colegiado de Rusia, propugnara por una vuelta “tradicional” al régimen tiránico impuesto por el autócrata.
Por este camino, pues, no es posible avanzar suficientemente, porque todos, comunistas, liberales, fascistas, ateos, cristianos y existencialistas, entrarían eventualmente en la definición por si no estuvieran ya incluídos en ella. Bastaría militar a favor de cualquier orden establecido, o ser partidario del que imperaba antes por oposición al que ahora rige, para aparecer como conservador. La palabra conservatismo pasaría a designar entonces la ideología y la actitud de cualesquiera personas o sociedades con tal de que asumieran una simple postura contrarrevolucionaria frente a los que buscan la destrucción del régimen –no importaría cuál- por ellas establecido. Estos inconvenientes muestran, claramente, la necesidad de restringir aún más el término.
c) Conservatismo en sentido propio
El sentido estricto del conservatismo se obtiene, cuando a la segunda definición se añaden cuatro notas características a manera de elemento diferenciador: Tales notas son: Tradición, Realismo, Jerarquía y Religiosidad. Se oponen, respectivamente, a revolución, abstraccionismo, igualitarismo y secularización.
De este modo, si la actividad sistemática de mantenimiento de los bienes que la comunidad considera como indispensables para su existencia y normal desarrollo se rige por principios tradicionalistas, realistas, jerárquicos y religiosos, tendremos un sentido más propio y adecuado del vocablo conservatismo. Este quedará circunscrito por una serie de características, que no han sido elegidas de modo arbitrario, como quiera que responden perfectamente a todas aquellas realidades que en el lenguaje común son denominadas con el nombre de “conservadoras”, y a la idea misma que la historia, la experiencia y la razón señalan como tales.
De acuerdo con estas notas, conservatismo es: a) El mantenimiento o salvaguarda sistemática del orden tradicional, jerárquico y religioso que rige en una sociedad y se conforma realmente con sus características histórico-concretas; b) la restauración o renovación de dicho orden en el caso de que haya sido violado o modificado insensatamente; c) las doctrinas que de conformidad con él, sus partidarios profesan teórica y prácticamente y d) la actitud contrarrevolucionaria asumida frente a las personas que intentan destruírlo.
De esta manera, si se considera un orden social o un sistema ideológico caracterizados únicamente por algunas de esas notas pero no por la totalidad de ellas, no estaremos en presencia de algo que merezca verdaderamente el nombre del conservatismo o que pueda calificarse strictu sensu como tal.
Un orden social, por ejemplo que se conciba como fruto de una simple lucubración de la mente, alejada de la realidad y sin arraigo alguno en ella, por más que ofrezca dimensiones jerárquicas , tradicionalistas y religiosas, no puede ser tenido como conservador, porque a la esencia de éste repugna la construcción abstracta y los productos de la pura imaginación . Otro tanto cabría decir cuando faltara un cualquiera de las otras notas, porque éstas afectan a la esencia misma del conservador. Son principios constitutivos y por tanto imprescindibles si no se desea desnaturalizar el concepto, o si se quiere evitar ciertas ambigüedades y contradicciones.
Las ventajas que ofrece esta tercera definición resaltan a la vista, como se verá por los ejemplos concretos que daremos enseguida: El demoliberalismo, v. gr., queda excluído de ella, porque sus principios son revolucionarios, igualitarios, abstractos (racionalistas e idealistas) y laicizantes. Con mayor razón quedará fuera de la definición un socialismo ateo, materialista, nivelador y revolucionario, como el de Marx Lenin y Stalin. Pero como estas ventajas tienen también su contrapartida en algunas desventajas, que analizaremos dentro de breves instantes, parecería necesario formular todavía un nuevo sentido a la palabra.
d) Cuarto sentido: Conservatismo ortodoxo y Conservatismo Heterodoxo.
La palabra conservatismo es susceptible de un cuarto sentido, más restringido en efecto que los anteriores, si con ella se signifíca el conservatismo por antonomasia: aquel cuyos principios están penetrados por las esencias inmutables, eternas y universales del catolicismo. Los diversos conservatismos que ostenten este carácter, serán tanto más perfectos cuanto más vivan en la teoría y en la práctica esas esencias de que son portadores.
Pero este sentido, que es importante y no ofrece impureza alguna, no pude con todo pretenderse el único, sin dejar por puertas lo que de hecho, con razón o sin ella, se acostumbra a incluír dentro del ámbito conceptual e histórico del conservatismo. ¿Cómo superar la dificultad?
En primer lugar, declaremos de una vez que de todos los significados expuestos, hemos de atendernos al tercero de ellos. Pero este sentido que hemos elegido, sin ser ilógico o irreal, presenta no obstante las ventajas –ya ilustradas con algunos ejemplos- ciertos aspectos negativos, que también conviene señalar con otros ejemplos: Una sociedad como la musulmana, tan hondamente caracterizada en su vida y creencias por dimensiones tradicionalistas, jerárquicas, concretas y religiosas, ha de calificarse sin reato como “conservadora”. Otro tanto cabe atribuírse de un partido protestante, como el llamado “tory” en Inglaterra, ya que su apego a la experiencia, al Trono, a la Iglesia reformada y a la comunidad de las formas de vida históricas, unido a un fuerte sentimiento del orden, la autoridad política y la tradición, le dan sin discusión el derecho al nombre e “conservador”.
Ahora bien, ¿cómo solucionar este conflicto, que por un lado nos presenta como aceptable la tercera definición del conservatismo y, por otro, nos obliga en cierto modo a “mezclar la cizaña con el trigo”? Hay dos maneras de llegar a una conciliación: O bien se considera el tercer significado del conservatismo como definición de un género del cual procede distinguir sus especies, a la manera como la esencia del hombre resulta de añadir al género “animal” la racionalidad, como diferencia específica; o bien, se considera completa la definición y sólo susceptible de división en grupos, clases o categorías, que a pesar de su distancia radical, no comprometan la estructura misma de la especie a la cual pertenecen, a la manera como entre el hombre injusto y el pecador hay una diferencia ética fundamental , pero no de orden ontológico. Cualquiera que sea de estas dos las hipótesis porque se opte, el criterio para distinguir, bien las especies, bien los simples grupos, se encuentra fácilmente mediante una consideración sobre el sentido concreto en que se hallan tomadas las cuatro notas a que atrás hicimos referencia.
En efecto, las cuatro dimensiones características: tradición, jerarquía, religiosidad y realismo son también, bajo otro aspecto, valores formales. Por tanto, continentes o receptáculos, que si bien en absoluto son objetivos y en un sentido propio sólo pueden llenarse con contenidos también objetivos y verdaderos, de hecho, empero, pueden aparecer como portadores de contendidos ilegítimos, subjetivos y relativistas. Por este motivo procede una división, que con base en el tercer sentido (sentido propio) en que hemos definido el término, distinga en éste un conservatismo ortodoxo, de otro que por oposición podríamos denominar heterodoxo. El primero de éstos respondería íntegramente a la cuarta definición, o sea aquélla en que lo católico se presente como piedra de toque y elemento diferenciador. Tal distinción del conservatismo en ortodoxo y heterodoxo, es tanto más necesaria cuanto en ella también se enfrentan la verdad y el error para disputarse el destino último de la comunidad y del hombre.
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