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Eutanasia

EUTANASIA?



Por José Galat





Tal como se puede constatar por las distintas culturas de los pueblos a través de la historia, la llamada moral natural, es decir, la no ligada a ésta o aquélla religión y reconocida por la simple razón del hombre, muestra con mediana claridad dos hechos:



1º. La civilización es defensa de todas las vidas y de las vidas de todos, y



2º. Todas las vidas individuales tienen una “función social”.



En cuanto al primer hecho hay que admitir, de entrada, que la vida no se limita sólo a modalidades físicas o biológicas, sino que también se expresa en múltiples y variadas formas. De aquí que no sólo en sentido metafórico, sino inclusive propio, se puede hablar, por ejemplo, de vida matrimonial, vida familiar, vida económica, vida moral, espiritual, etc.



La civilización verdadera abarca todas las formas y expresiones de la vida y todas han de ser respetadas, tuteladas y defendidas. Todas las formas de vida, sí, pero también las vidas de todos, sin excepciones caprichosas o injustificadas. Por tanto, las vidas tanto de ricos como de pobres, de poderosos como de débiles, de partidarios como de opositores, de incrédulos como de creyentes y, por supuesto, de alentados como de enfermos, de sanos como de discapacitados.



En efecto, civilización y vida están estrechamente ligadas hasta el punto de que la primera bien podría definirse como la forma de convivencia de un pueblo o de un grupo de naciones, donde la vida es defendida, preservada y continuada. Y esto no sólo frente a asesinatos, masacres y genocidios. También frente al aborto, el suicidio y la eliminación de discapacitados, malformados y ancianos.



Por consiguiente, sin cultivo –y cultura significa literalmente cultivo- de los valores relacionados con la vida, el devenir de un pueblo o de un grupo de naciones, mal podría definirse como “civilizado”.



Atentar contra las distintas formas o expresiones de la vida, o discriminar arbitrariamente qué vidas merecen conservarse y cuales despreciar o destruir, no es civilización, sino barbarie, salvajismo, o si prefiere, abominable totalitarismo hitlerista.



Por desgracia, en épocas de decadencia moral de las civilizaciones, se cultivan hábitos y anti-valores contrarios a la vida, hasta alcanzar el rango de una contra-cultura, la llamada “cultura de la muerte”.



La siniestra cultura tanàtica o antivital, se ensaña en especial contra los más débiles, inocentes e indefensos, como son, por ejemplo y en primer lugar, los niños que se gestan en los vientres maternos con la legalización del crimen del aborto. Legalización que en Colombia fue arbitrariamente impuesta por la Corte Constitucional. Y hay que decir que contrariando no sólo las leyes de Dios, sino las propias normas constitucionales (en especial los artículos 11,12,44,93 y 243), e inclusive los fueros del Congreso Nacional, que en no menos de 9 ocasiones negó tal legalización en los últimos decenios.



Además de los niños de vientre, para preservar la civilización, también hay que defender la vida de los discapacitados, ancianos y enfermos terminales. Así mismo ellos se cuentan entre los más débiles e indefensos.



Continuar con la nefasta actividad de la cultura de la muerte para legalizar el crimen del suicidio de los enfermos terminales, no es acto de “dignidad”, sino de cobardía auxiliada o asistida, también en contravìa de la ética natural.



¿Se dirá, acaso, como intento de justificación del acto doblemente abominable que obra de por medio la “libre voluntad” del suicida?.



Aunque es bien claro que mal puede invocarse la “libre voluntad” para justificar aberraciones contra la ley moral natural, tampoco puede apelarse a ella cuando, además, se produce daño o lesión al bien común o bien de la sociedad en su conjunto. De esto trata el segundo hecho, que se verá en el apartado que viene a continuación.



2º. Todas las Vidas Individuales Tienen una “Función Social”



La vida biológica, en efecto, no interesa sólo al sujeto o portador personal de ella. También interesa, y de qué manera, a la sociedad. Sólo un individualismo cerril, puede despojar a la vida de las personas individuales de su carácter societario.



Individualismo cerril es el que considera que puede haber derechos sin deberes. Y téngase en cuenta que hablar de deberes, es referirse a obligaciones con los demás, o con algunos otros, o con la sociedad en su conjunto.



Partidario de este individualismo cerril entre nosotros, es el doctor Carlos Gaviria Díaz, quien cuando era magistrado de la Corte Constitucional, dijo:



“Si la vida es considerada un derecho, y no un deber, quien lo detenta puede legítimamente continuar viviendo, o elegir acabarla. Y si no es capaz de hacerlo por sí mismo, puede requerir la asistencia de alguien que puede aceptar o negarse. Finalmente, si éste decide ayudarlo no puede ser castigado por ello, pues no ha violado “un derecho ajeno”.



Monstruosa doctrina esta de los derechos sin deberes, que ignora o desprecia exigencias elementales del bien común. Porque si hasta de la propiedad –cosa simplemente material y de menor jerarquía en los valores- se dice que “tiene una función social”, con cuanta mayor razón ha de afirmarse similar condición a los valores biológicos. Y esto no sólo de los manifestados en vegetales y animales y por imperativos ecológicos, sino ante todo, de la vida de los seres humanos. Y aquí tanto por razones morales y sociales como por imperativos de conservación y supervivencia de la especie humana.



La vida de toda persona tiene una larga cadena de “propietarios”. En primer lugar, se pertenece así misma, pues tiene existencia propia, aunque en el caso de los gestantes, dependiente de la madre. En segundo lugar, pertenece a la madre que la ha concebido, pero también, y con igual titulo, al padre. En tercer lugar, pertenece a la sociedad, ya que a través de ese individuo, ella se ha de perpetuar, conservar y, sobre todo, pertenece al Creador, Señor y autor de toda vida.









No se diga, como excusa, que un enfermo terminal se halla en una situación irreversible, porque la experiencia muestra mejorías o curaciones incalculables. Tampoco se diga que la vida de un terminal no ofrece valor ni utilidad para la sociedad. Podrá ser cierto esto en el ámbito laboral y económico por su incapacidad física. Mas no en otros òrdenes donde los terminales pueden aún enriquecer a la sociedad con valiosos aportes de carácter intelectual, moral y espiritual.



La cadena anterior muestra claramente que ningún individuo puede alegar títulos exclusivos de propiedad sobre su vida y que toda vida, aún de los enfermos terminales o de los discapacitados, puede ser fuente de valiosos aportes para el bien de la sociedad.



La doctrina individualista, tan nefasta al bien común, tuvo en el filósofo británico Jhon Stuart Mill, uno de sus portavoces durante el siglo XIX y curiosamente es él uno de los padres del permisivismo nefasto que hoy se pretende continuar. Sostenía este filósofo que el Estado no debería impedir ni castigar el derecho que los individuos tienen de causarse daño a sí mismos, excepto que lo hicieran a los demás. Pero este enunciado reposa sobre una suposición falsa: Que el daño que se haga a sí mismo no lesiona también a los demás, lo cual no es verdad, al menos en la mayor parte de los casos.



Por ejemplo, el daño que el drogadicto se causa a sí propio no sólo lo degenera a él, sino que lo convierte en potencial peligro para todos, ya que como la experiencia enseña, cuando le falta el dinero para adquirir la droga, la impulsión que sufre para conseguirla, puede convertirlo fácilmente en atracador y asesino. Y esto sin considerar cómo en casos crónicos, el drogadicto se convierte en paràsito social y sujeto inútil, además de perjudicial para otros.



No tan dramática es la situación del suicida, pero no por ello menos contraria al bien general de la sociedad. Degradar la vida del enfermo o del discapacitado para hacerla objeto de autodestrucción legal –y peor con autodestrucción asistida, igualmente legal- es del mismo modo individualismo hirsuto, que se coloca de espaldas a siglos y aun milenios de civilizaciones y culturas de toda clase, de todo y diverso signo moral y religioso, que con razón han condenado el suicidio y lo han considerado como un dèlito punible.



Por todo lo cual, conclúyase que legalizar la eutanasia es realmente contrariar la civilización. Pero también es embarcar al paìs en la nefasta cultura de la muerte.



Y todo lo anterior con un agravante: Colombia está de hecho inmersa en esa cultura de la antivida. Un tortuoso y tormentoso proceso de guerra civil autodestructiva, la aflige. Comenzó primero como un conflicto entre partidos políticos, por allá a partir de los años de 1948, pero se transformó después en guerra antisistèmica, por obra de las guerrillas, los paramilitares y los narcotraficantes.



Legalizar ahora la eutanasia, que “de buena muerte” no tiene sino el engañoso y contradictorio prefijo, sería sumar más tragedias a la ya de por sì gigantesca, prolongada y atroz que padecemos.



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